Roma, 5 de noviembre de 2009.
Señoras y Señores:
Como Presidente, doy a todos los presentes una cálida y amistosa bienvenida a este Cuarto Congreso Internacional de Metafísica, que inauguramos hoy en Roma, en nuestra Sede de la Fondazione Idente di Studi e di Ricerca.
Saludo, en primer lugar, a Su Eminencia, el Cardenal Camillo Ruini, Presidente del Proyecto Cultural de la Conferencia Episcopal Italiana y Presidente de Honor del Congreso, que ha querido estar presente en el acto de clausura.
Saludo asimismo a todas las autoridades religiosas y civiles, a los rectores, decanos y profesores de distintas universidades, a todos los miembros honorables que participan y asisten a este Cuarto Congreso de Metafísica, y a todos cuantos, desde la administración y colaboración, han hecho posible la realización de estas jornadas que tienen lugar los días 5, 6 y 7 del presente mes de noviembre.
Según Fernando Rielo, creador e impulsor de este Congreso Mundial, la metafísica, si quiere ser auténtica, debe procurar una visión bien formada de la realidad desde un modelo absoluto que tiene que situarse lejos de las corrientes escépticas y relativistas. Éstas son hijas de una ignava ratio, razón perezosa, frente a la diligens ratio, razón diligente, que debe acompañar al recto saber.
La preocupación de nuestro autor consistía en liberar a la metafísica de su carácter abstracto, especulativo, frío. La forma de presentarse ésta llevaba incoado un error de fondo: la identidad elevada a absoluto. Se estaba solapando, de este modo, en el discurso metafísico el “pantheos”, ser-es-ser, de Parménides y el “egotheos”, yo-es-yo, que sistematizaría Fichte. Llevada la identidad a absoluto, se promovió la irrelación de un vacío de ser que la filosofía intentaba llenar de algún modo. Nicolás de Cusa vio, en la coincidentia oppositorum, este inevitable hecho que luego Hegel complicaría con una dialéctica sin compromiso, llevando la abstracción al paroxismo.
La relacionalidad es lo más propio de la realidad. “Todo —aseguraba Rielo— se constituye en relación”. El ser no puede ser, por tanto, “ser”, sino “ser+”, indicando que el “+” es, dentro del ser, un campo de términos en relación. El modelo de la metafísica genética de Rielo no puede ser sino la relación absoluta de, al menos, dos términos en inmanente complementariedad intrínseca [=]: no menos de dos, pues tendríamos la irrelación absoluta y, por consiguiente, el vacío absoluto de ser; no más de dos, porque un tercer término aparecería, racionalmente, como un excedente metafísico. Los dos términos de esta racional simplicidad absoluta [P1=P2] no pueden ser sino personas, pues la persona es la suprema expresión del ser. El modelo absoluto de la metafísica rieliana, en su nivel racional, se presenta, pues, como Binidad de dos personas divinas: Padre e Hijo. Pero Jesucristo, mostrándose como Hijo del Padre, con el mismo rango de divinidad, nos revela una tercera persona divina, distinta del Padre y distinta del Hijo, llamada Espíritu Santo; con ello, nos descubre que el carácter sobrenatural del modelo absoluto es Trinidad. Podemos presentar, de este modo, a Cristo, Verbo Encarnado, como el “verdadero filósofo”, el “metafísico por excelencia”, en expresión de Fernando Rielo. Este modelo absoluto nos lleva a la consideración de que metafísica y teología se necesitan mutuamente: la metafísica, concibiendo el modelo sub ratione absolutitatis, se convierte en metalenguaje de la teología; y la teología, concibiendo el modelo sub ratione divinitatis, se convierte en metalenguaje de la metafísica.
Las personas divinas, siendo el único absoluto, se personan en mutua pericóresis entre sí, y, personándose entre sí, se personan en toda otra realidad que, no siendo ellas mismas, crean y constituyen. “La paradoja del doble absoluto —sentenciará Rielo— nos dicta que no puede haber otro absoluto, ni que el único absoluto puede crear otro absoluto”. La razón es clara: si hubieran dos absolutos, o serían absolutamente lo mismo o serían absolutamente distintos; si fueran absolutamente lo mismo, habríamos incurrido en el absurdo de la identidad absoluta; si fueran absolutamente diferentes, habríamos incurrido en el absurdo de la contradicción absoluta. Salvada la unicidad del absoluto, quedan rechazados por este modelo metafísico los dos extremos en los que se han balanceado las filosofías y las religiones históricas: el panteísmo y el dualismo. Producto de esta malformación racional son las actitudes relativista y escéptica, cuya deriva conduce al agnosticismo, al hedonismo y al pragmatismo.
Lo que no es el absoluto es vacío relativo de ser, esto es, posibilidad genética, de/en la que el absoluto libremente crea. Rielo distingue tres momentos de la creación:
a) el big-bang de la materia y sus fenómenos, abiertos a la vida;
b) el big-bang de la vida, abierta al espíritu;
c) y la libre creación del espíritu que, psicosomatizado, constituye el elemento creado de la persona humana desde el primer momento de su concepción.
La presencia del modelo absoluto en la creación se revela, no obstante, en tres modos o categorías:
a) la actio in distans del modelo absoluto en la materia, en las cosas y sus fenómenos;
b) la divina presencia reverberante del modelo absoluto, en todos los vivientes impersonales;
c) la divina presencia constitutiva del modelo absoluto, en todos los seres personales.
En el momento de la concepción del ser humano, el modelo absoluto se hace presente constitutivamente en un espíritu que, libremente, crea e infunde en un psicosoma. De este...








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